viernes, 15 de enero de 2016

18 de Enero: 481 Aniversario de la fundación de Lima

El 18 de Enero de 1535, Francisco Pizarro procedió a fundar la ciudad en nombre de sus majestades el Emperador Carlos V y de su madre la Reina Juana. En la ceremonia se encontraban presentes dos frailes (un franciscano y un dominico), numerosos soldados a caballo y a pie, esclavos negros y una mujer, la morisca Beatriz. El nombre oficial "Ciudad de los Reyes" se eligió en homenaje a los Reyes Magos, por la cercanía de su fiesta. De aquí viene el apelativo de las "tres veces coronada" ciudad; aunque el tiempo impuso la denominación nativa de Lima. Según algunos autores, el nombre es una corrupción hispánica de "Rímac", topónimo quechua del río, hablador.

viernes, 11 de diciembre de 2015

12 de Diciembre: Festividad de la Virgen de Guadalupe


Nuestra Señora de Guadalupe, es una advocación mariana de la Iglesia católica, cuya imagen tiene su principal centro de culto en la Basílica de Guadalupe, en el norte de la ciudad de México.

Conforme a la tradición oral mexicana, y los múltiples documentos históricos encontrados alrededor del mundo en distintos archivos, la Virgen María se apareció en cuatro ocasiones a San Juan Diego Cuauhtlatoatzin en el cerro del Tepeyac, y una quinta ocasión en el pueblo de Santa María, Tulpetlac en el Estado de México en la cual curó a Juan Bernardino, tío de san Juan Diego.
El relato guadalupano conocido como Nican mopohua, tras la primera aparición, la Virgen ordenó a Juan Diego que se presentara ante el primer obispo de México, Juan de Zumárraga. Juan Diego en la última aparición de la Virgen llevó en su ayate unas rosas ―flores que no son nativas de México y que tampoco prosperan en la aridez del territorio― que cortó en el Tepeyac, según la orden de la Virgen. Juan Diego desplegó su ayate ante el obispo Juan de Zumárraga, dejando al descubierto la imagen de la Virgen María, morena y con rasgos mestizos.

San Juan Diego Cuauhtlatoalzin
Según la tradición católica, el santo Juan Diego Cuauhtlatoatzin nació en 1474 en Cuauhtitlán, entonces reino de Texcoco, perteneciente a la etnia de los chichimecas. Su nombre era Cuauhtlatoatzin, que en su lengua materna significaba ‘águila que habla’, o ‘el que habla con un águila’. Cuauhtlatoatzin murió en 1548, con fama de santidad.

El 6 de mayo de 1990, en la Basílica de Guadalupe (México), Juan Pablo II presidió la solemne beatificación de Cuauhtlatoatzin. En la homilía, el papa indicó cómo «las noticias que de él nos han llegado elogian sus virtudes cristianas: su fe simple [...], su confianza en Dios y en la Virgen; su caridad, su coherencia moral, su desprendimiento y su pobreza evangélica. Llevando una vida de eremita, aquí cerca de Tepeyac, fue ejemplo de humildad».3 Juan Pablo II tituló a Juan Diego Cuauhtlatoatzin «el confidente de la dulce Señora del Tepeyac.

El miércoles 31 de julio de 2002, Juan Diego Cuauhtlatoatzin fue canonizado por el propio Juan Pablo II en una celebración realizada en la ciudad de México, durante uno de sus viajes apostólicos.

Origen del culto a la Virgen de Guadalupe
La tradición católica cree que la aparición de la imagen de la Virgen de Guadalupe fue en el año 1531, diez años después de la caída de México-Tenochtitlan en manos de los españoles. Esta fecha aparece registrada en el Nican mopohua (uno de los capítulos que integran el Huei tlamahuizoltica, obra en lengua náhuatl publicada por Luis Lasso de la Vega) y que la tradición atribuye al indígena Antonio Valeriano.

 Al fortalecimiento del culto a la Virgen del Tepeyac contribuyó de manera decisiva la realización del Primer Concilio mexicano, que se celebró en la Ciudad de México entre el 29 de junio y el 7 de noviembre de 1555. El concilio fue organizado por el arzobispo Alonso de Montúfar y reunió a numerosos representantes de las órdenes monásticas de la Nueva España, entre ellos al franciscano Pedro de Gante; así como a los obispos Martín Sarmiento de Hojacastro (Tlaxcala), Tomás de Casillas (Chiapas), Juan López de Zárate (Oaxaca) y Vasco de Quiroga (Michoacán).91 Entre otras cosas, el Primer Concilio de la Iglesia novohispana resolvió reglamentar la manufactura de las imágenes religiosas, especialmente las realizadas por los indígenas. También se decidió favorecer el culto a los santos patrones de cada pueblo y todas las advocaciones marianas.

La Iglesia católica argumenta que la tela del ayate sobre el que está la imagen de la Virgen es de fibra vegetal de maguey. Por su naturaleza, esta fibra se descompone por putrefacción en mucho menos de medio siglo. Así ha sucedido con varias reproducciones de la imagen que se han fabricado con tejido de maguey. El ayate, sin embargo, ha resistido más de 480 años.

La festividad de Guadalupe
La fiesta de la Virgen se celebra el 12 de diciembre. La noche del día anterior, las iglesias en todo lo ancho y largo del país se colman de fieles para celebrar una fiesta a la que llaman «las mañanitas a la Guadalupana» o serenata a la Virgen. El santuario de Guadalupe, ubicado en el cerro del Tepeyac en la ciudad de México, es visitado ese día por más de 5 millones de personas.

Se tiene por costumbre que tales peregrinaciones no solo incluyan fieles y organizadores, sino danzantes llamados matlachines, quienes lideran las procesiones hasta llegar a la basílica.

jueves, 10 de diciembre de 2015

Tercer Domingo de Adviento



TERCER DOMINGO DE ADVIENTO  - Jesús es el motivo de nuestra alegría

Este Domingo 13, se celebrá el Tercer Domingo de Adviento. Al respecto, la iglesia siempre ha llamado a este tercer domingo, el Domingo de la Alegría o “Gaudete” y se debe a que toda la celebración nos anuncia a Jesucristo como la causa de nuestra alegría. Ya la misma antífona de entrada nos lo anuncia, “estad alegres en el Señor; os lo repito estad alegres. El Señor esta cerca” Isaías anuncia: “se alegrará el páramo y la estepa”. El adviento nos trae la Buena Nueva de la salvación, nos trae a Jesús. La palabra de Dios al iniciar la cuaresma habla sobre “el tiempo de gracia, el día de salvación (2 Co 6,2). Y el adviento nos muestra que es Jesús el verdadero esperado de los tiempos y que es la promesa cumplida. La salvación se obra para bien del hombre; “los cojos andan, los ciegos ve, los sordos oyen” es el cumplimiento de la profecía de Isaías.
Más no nos podemos quedar en una alegría para gozar internamente sino que nuestra labor es el anuncio, franco y directo: Dios es nuestra fortaleza. ¡Tened valor!

Nuestra alegría se debe volver testimonio. No sin razón estas fiestas de navidad, que ya se acerca, nos invitan a ser personas abiertas y contagiadas de amor fraterno. Pero no de un amor fraterno muy altruista sino de un amor que concreta y hace real el amor de Dios. ¿Eres tú?… o, ¿hay que esperar a otro?... Jesús responde con su obrar. La felicidad que nos trae celebrar nuevamente la navidad se debe reflejar en obras concretas, reflejo de Cristo, nuestro salvador, en nuestra vida, en medio de nosotros.

Los ciegos ven, los cojos andan...Nos están tocando vivir horas graves y profundos problemas a nivel nacional e internacional y puede ser que nos embargue la lamentación fácil, la pereza ante una impotencia ficticia. Necesitamos apostar por una atmósfera de diálogo, de creatividad y una voluntad sincera de profundizar en los verdaderos problemas que nos rodean a la humanidad. Los creyentes no podemos inhibirnos y permanecer pasivos, la fe no nos aporta soluciones técnicas a nuestros problemas pero nos da un amor apasionado por la justicia, por la paz; nos da libertad de espíritu para buscar honradamente la verdad, nos da un deseo eficaz de concordia, nos da un anhelo sincero del bien. El evangelio que nos alimenta en el tercer domingo de adviento, nos ofrece la buena noticia de la fuerza liberadora de la persona de Jesús; al encontrarse con Él la realidad humana tan doliente y atropellada es transformada y se convierte en agente de transformación.

Aunque la noche pueda parecer muy oscura y el mar muy bravo, aunque las dificultades parezcan ahogar nuestro anhelo de cambiar hay algo que mantiene viva la esperanza y alegra nuestro corazón: Es la certeza y la confianza de que en el horizonte siempre está esa luz que nos marca el camino; que al final Dios nunca nos defrauda porque la luz que nos orienta es Él mismo, porque su promesa es Él mismo.

La causa de nuestra alegría es que al final no nos espera un puerto más, una promesa más, sino Dios mismo, el cumplimiento definitivo de la promesa.

El Evangelio es el anuncio de una inmensa alegría. Esta alegría –y también la conversión a que se invitaba el domingo anterior– ha de ser fermento de un nuevo mundo, de un nuevo orden que relucirá por la transformación de la sociedad, del sistema, donde los últimos serán los primeros, los cojos andarán, los ciegos verán... y a los pobres se les anuncia la Buena Noticia. Buena Noticia para todos, porque todos somos “pobres”.

Un misterio de alegría. Se acabaron las caras tristes, las celebraciones “serias” y rutinarias. La fe es una fiesta. Que se viva. Que se nos note. Que nuestra alegría no sea “light” o falsificada. La verdadera alegría no se compra en nuestros mercados, ni se encuentra en nuestras salas de fiesta. Es un dar. Brota de dentro. Pero eso sólo puede ser si nosotros colaboramos en dicha transformación, los cambios no se dan por sí solos; los milagros son los que Dios hace a través de nuestros corazones y nuestras manos.
¿Con qué talante voy por la vida? ¿Cómo es mi navegar?
¿Cuál es la raíz de mi felicidad, de mi alegría?
¿Hasta qué punto soy fermento transformador de la sociedad?

En el gozo por la espera del Salvador y por ser testigos de su Buena Nueva, encendamos nuestra tercera vela de la Corona de adviento. Dios los bendiga queridos hermanos.